Curso de los Lunes:
Aguilera, Yarela 7 7 Final 7
Antuña, Cecilia 7 7 Final 7
Brito Lima Albertina 7 A Final Ausente
Casale, Julieta 7 6 Final 6,5
Fernandez Ricchiardi Juan M 7 5 Final 6
Ferraro, Guillermo 7 6 Final 6,5
Freda, Ruben 7 6 Final 6,5
Idachkin, Daiana 7 6 Final 6,5
Macías, Soledad 7 6 Final 6,5
Pellegrino, Claudia 7 6 Final 6,5
Pereyras, Lucía 7 6 Final 6,5
Ramella, Sofia 8 6 Final 7
Rigon, Ma Eugenia 9 9 Final 9
Salama, Fernandez Daniela 7 6 Final 6,5
Schiavone, Lorena 8 7 Final 7,5
Vilaro , Federico 7 6 Final 6,5
Curso de los Sábados:
Silva, Belén 7 A Final Ausente
Tripodi, Rodrigo 7 6 Final : 6,5
Potenza Juan Cruz 7 7 Final 7
Díaz Nora 7 7 Final 7
Maranesi Rosario 8 7 Final 7,5
Lopez Celeste Daniela 4 4 Final 4
Deppeler María Eugenia 7 7 Final 7
martes, 29 de junio de 2010
lunes, 14 de junio de 2010
Notas primer parcial
Aguilera, Yarela 7
Antuña, Cecilia 7
Brito Lima Albertina 7
Casale, Julieta 7
Fernandez Ricchiardi Juan M 7
Ferraro, Guillermo 7
Idachkin, Daiana 7
Macías, Soledad 7
Pellegrino, Claudia 7
Ramella, Sofia 8
Rigon, Ma Eugenia 9
Ruben Freda 7
Salama, Fernandez Daniela 7
Schiavone, Lorena 8
Antuña, Cecilia 7
Brito Lima Albertina 7
Casale, Julieta 7
Fernandez Ricchiardi Juan M 7
Ferraro, Guillermo 7
Idachkin, Daiana 7
Macías, Soledad 7
Pellegrino, Claudia 7
Ramella, Sofia 8
Rigon, Ma Eugenia 9
Ruben Freda 7
Salama, Fernandez Daniela 7
Schiavone, Lorena 8
Textos para trabajar en el parcial
Clarín – Edición del Domingo 21/07/2002 – Suplemento ZONA
ARGENTINOS HASTA EN LA CRISIS Cuando la identidad nacional no es sólo hacer banderaLa crisis hizo reverdecer el apego a los símbolos patrios pero incentivo también una fractura en el sentimiento de pertenencia al país, expresada en el deseo de partir. Un debate sobre que identidad cultural y política se deben los argentinos.
De repente, arroparse en la bandera se hizo cotidiano fuera de las fiestas futboleras como si ser o no ser argentinos estuviera indisolublemente ligado —o solamente ligado— a esa tela fundacional de la patria y a entonar la vieja canción de Blas Parera. ¿Acaso la crisis política, social y económica, la peor de la historia porque reveló índices de malestar colectivo como nunca antes se habían expresado en la vida de la gente, y que se desplegó como un vendaval a partir del 20 de diciembre, potenció la búsqueda frenética y ciertamente escolar de una identidad machucada?O para decirlo de otra manera, ¿la crisis en verdad reveló lo que ya no estaba: un estado societario, una sociedad integrada, un poder político legitimado, una economía saludable, en fin, un proyecto de país sin errancia? Un país que coexiste ahora con la pasión por el Himno, el dulce de leche, los cinco premios Nobel que supimos conseguir, la gloriosa mano de Maradona, el genio de Borges y, por las noches, con los ejércitos de cartoneros, de visitadores de basura que recuerdan que ya no somos aquello que fuimos y, sin embargo, que somos también aquello que fuimos.Esta paradoja aparece en el debate sobre qué fuimos antes de la crisis y qué somos ahora. Y para qué sirve saberlo. En principio, sirve— sostiene el antropólogo Alejandro Grimson— para saber qué queremos ser. Es que la identidad nacional se construye con la tela de la cultura, se cose con el hilo de la historia, se corta con el rumbo del proyecto político de nación, se modela con la marca que dejó esa cultura y esa historia en la cabeza de la sociedad. Las voces que consultó Zona —la historiadora Lilia Bertoni, los politólogos Eduardo Rinesi y Marcos Novaro, las sociólogas María Pía López y Gisela Catanzaro y la doctora en Educación Sandra Carli— comparten una idea: la identidad de los argentinos no es homogénea ni inmutable: cambia, todo cambia. No todos los argentinos descendieron de los barcos. Ni todos fueron peronistas o comunistas o radicales o guerrilleros o militares o nacionalistas, ni usan escarapela en las fiestas patrias, ni a todos les gusta, siquiera, el dulce de leche o tomar colectivos o leer a Borges. La idea de heterogeneidad está en la base de la cultura: su reflejo debería ser, entonces, la pluralidad. Y lo es en verdad. Durante el siglo XX, la tensión de querer forzar la construcción de una nación homogénea sólo fue fuente de conflictos trágicos, cuya última estación fue la aventura bélica de Malvinas con la que la dictadura pretendió perpetuarse a través de un ideal nacional externo para ocultar su debacle política, la depredación económica, sus crímenes contra la vida y la libertad de los ciudadanos. Bertoni lo dice claro: La apelación al patriotismo se postuló en el pasado para enfrentar las características de una sociedad heterogénea y con muy diversos aportes culturales. Y los intentos de ofrecer la exaltación de este modelo de un patriotismo prefijado aparecía como compensatorio de las debilidades de las instituciones en las que se fundaba el orden político, social y jurídico de la República. Por eso la crisis actual, entre muchas cosas dramáticas, revela que los caminos para restablecer el valor de pertenecer a esta nación no pasan por agitar banderas ni por cuestiones de honor, sino por restaurar las instituciones republicanas, la vigencia de la ley, los derechos y las responsabilidades de los ciudadanos.Hay, entonces, identidades culturales e identidades políticas. Ambas se se articularon de una manera ayer y hoy en la Argentina para que todos seamos Maradona y todos seamos cartoneros. Novaro reflexiona y comparte con Bertoni esta idea: tenemos una cultura que puso mucho empeño en el ser argentino y poco empeño en las instituciones argentinas. Los golpes de Estado forzaron, a lo largo del siglo XX, la idea cuartelera de nación y empezaron, por ejemplo en 1930, con cargarse a la Corte Suprema. Un pecado original de ese pasado que resintió la formación institucional de la nación y dejó malformaciones costosas del ser argentino. Aquella Corte arrasada del 30 y esta Corte de la que se desconfía en 2002 son un hilo de Ariadna en el laberinto de la identidad nacional. Esa identidad política cuartelera influyó para que durante el siglo XX, los proyectos políticos de alcance nacional, como el peronismo en su momento, pusieran el acento en construir una idea de nación, un destino común, por sobre la construcción de instituciones. Novaro hace un aporte notable: confronta esa idea de nación con la idea de la necesidad de lograr un patriotismo constitucional. Cuando se puso el acento en el problema de la nación dejando de lado el de la instituciones se perdió de vista la importancia que tiene para toda sociedad contemporánea la unidad en torno de reglas constitucionales.Una conclusión: ser argentino hoy es aferrarse a la diversidad cultural del origen, a las prácticas democráticas, al apego a la ley aunque sean tiempos de trampas. Consiste en abandonar las fantasías totalitarias. Ninguna guerra, ningún jefe providencial, ninguna cuestión de límites, de presiones externas pueden ayudar a responder la pregunta que se hace a la Efigie: quiénes somos hoy, quiénes queremos ser mañana. Lo contrario es caer, dice Graciela Romer, en las trampas del patrioterismo. Un atajo infantil para buscar la culpa en otros que no nos dejan ser. Un sentimiento que se expresa en la tirria al FMI por una deuda contraída por gobiernos sucesivos o por una dirigencia política a la que se le exige que se vayan todos pero fue votada en elecciones sucesivas. Pero si la identidad de ser argentinos no depende de hacer bandera, ¿por qué miles se abrazan en cada protesta a esos símbolos fundantes, gesto que —como señala Grimson— mostró su clímax durante la polémica por la privatización y quiebre de Aerolíneas Argentinas? María Pía López lo explica así: En la medida en que la disolución de la nación concreta es más trágica y dolorosa, se recurre más a los elementos que cristalizan la identidad: los símbolos patrios sustituyen la nación real, devienen fetiches, ocultan o tranquilizan, reponen en escena una unidad que no es efectivamente existente. Desde 1976, y con un pico de profundización desde 1989, vivimos un proceso destructivo de la nación, porque se destruyó un modelo de ser de la Argentina sin otro a cambio.Si abrazarse a la bandera y al Himno son la ilusión de una inclusión ciudadana total que no es real, pero que se exige desde la cultura, desde los símbolos, así como desde los recitales de rock o en la cumbia villera., señala Catanzaro, ¿cuál es ese ser argentino hasta en la crisis que apareció después del agónico y trágico 20 de diciembre? Rinesi reflexiona: Aparece una forma de ciudadanía más activa que la que se conoció durante el menemismo y el primer tiempo de la Alianza. También aparece una idea distinta sobre la libertad que está asociada a la idea de que nadie puede ser libre en un Estado que no sea libre. Es decir, la idea de que el Estado vuelva a ser concebido como una representación de la nación, autonomizado de los poderes que lo sojuzgan como la prepotencia e injerencia de bancos extranjeros o de los organismos internacionales, y al mismo tiempo de cumplir con las funciones que abandonó como garantizar un proyecto común de inclusión social, en salud, educación y un conjunto de bienes básicos a todos los habitantes.Otra conclusión: parece tiempo de elaborar un patriotismo constitucional y un patriotismo social de tal manera que el ser argentino no dependa sólo de hacer bandera sino, tal vez, de la reposición de un Estado nación que logre, por ejemplo, que una noche no haya un ejército de argentinos agachados sobre la basura que cocinarán, desafiando la animalidad, para comer los restos de Borges y Maradona.
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Clarín – Edición del Domingo 03/07/2005
MARTIN KOHAN, ESCRITOR Y PROFESOR DE TEORIA LITERARIA
"Contar la historia es operar sobre la identidad nacional"
Crear un panteón de héroes y narrar sus vidas es una tarea tan esencial para un país como consolidar su economía y su política. Se despliega así una reconstrucción en la que la ideología es pieza clave.
Claudio Martyniuk. cmartyniuk@clarin.com
· Estamos cerca del segundo centenario de la Revolución de Mayo. ¿Cómo se contaron los años que constituyeron el primero?—Contar la historia es una forma de operar sobre la identidad na cional. El Centenario fue un momento de rediseño de nuestra identidad. En realidad, hubo un primer momento fuerte en torno a la Generación del 37, que es la primera que se plantea hacer en la cultura el tipo de ruptura que en lo económico y político había concretado la Revolución de Mayo. Como dije, el otro gran momento de redefinición de la identidad nacional parte de fines del siglo XIX y tiene su momento culminante en el Centenario. Está muy ligado al caudal inmigratorio impactante que produjo, en un país con baja población, un cambio incluso en la percepción de las caras, de los idiomas y de los acentos. Hubo que instrumentar ahí un dispositivo estatal y por una vez en la vida argentina el Estado funcionó creando un dispositivo de incorporación cultural. Eso supuso algunos movimientos, como la recuperación de lo español. Entonces, cuando se trata de reinventar un pasado y de marcar la diferencia entre los argentinos con tradición frente a los recién llegados —a los que se quería volver argentinos—, esa recuperación del pasado criollo incluyó una revaloración del pasado hispánico.
· ¿Ahí se construye nuestro panteón de héroes?—Se consolida. Nuestro panteón oficial corresponde a la tradición liberal, ya fuera de Echeverría, de Sarmiento o de Mitre. Los dos grandes biografiados de Mitre, que son Belgrano y San Martín, llegan al Centenario ya consagrados como próceres. El Centenario implica su confirmación. Y lo que comienza es la incorporación de Sarmiento. Así se forma la trilogía San Martín, Belgrano, Sarmiento, cuyas fechas de muerte son nuestros feriados.
· ¿No es significativo que se haya instalado en nuestro panteón a dos personas con una relación problemática con el poder, como lo fueron San Martín y Belgrano?—Hay un movimiento muy particular, que yo pude rastrear en Mitre y en Sarmiento, porque Sarmiento participa también de la consagración de San Martín. ¿Cómo hacer de la prescindencia política —que es la clave en la que narran a San Martín— una virtud, cuando ellos están haciendo exactamente lo contrario? Más allá de si esa prescindencia política en San Martín es históricamente verdadera o se trata de una construcción narrativa, lo cierto es que San Martín se consagra como el héroe que no se rebaja a la guerra civil. En realidad, lo que hacen tanto Sarmiento como Mitre es señalar períodos: hay uno de consolidación de la independencia, que es el ciclo que abarca San Martín, y en él todo tipo de diferencia interna atenta contra la consolidación de la independencia de España. En ese marco, la prescindencia sanmartiniana es virtuosa. Cuando esa independencia está ya asegurada, se abre un nuevo ciclo, que es el de la consolidación política interna del país. Con lo cual, ellos no solamente no estarían entrando en contradicción con el virtuosismo de San Martín sino que se convierten en sus herederos.
· ¿Por qué San Martín aparece, en nuestro panteón, en un escalón superior a Belgrano?—En Mitre se puede rastrear algo sobre esta cuestión. Mitre titula "Historia de Belgrano y de la independencia argentina", y luego "Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana". Hay un salto, como si Belgrano fuera el héroe nacional de cabotaje, y San Martín tiene una dimensión de exportación, de despliegue más allá de las fronteras.
· ¿La proyección latinoamericana de San Martín nace en la forma en que se narra la historia argentina?—Sin duda. La idea de que Bolívar y San Martín están a la par, la idea de que —cuando se habla de la Copa Libertadores de América— los libertadores son San Martín y Bolívar, es una perspectiva netamente argentina.
· Un tema literariamente apreciado parece ser la reconstrucción de la entrevista de Guayaquil.—Es un momento donde la historia funciona como si fuese literatura, pero ya no porque uno la ficcionaliza sino porque los hechos ocurrieron con una combinación de enigma y de intriga muy literaria. La resolución argentina en la narración es la superioridad moral de San Martín, que es el modo de equilibrar la evidencia de la superioridad militar, política, histórica, simbólica de Bolívar. La única manera es inventar una ficción de paridad de simetría.
· ¿Cómo, exactamente?—Bolívar hace en el norte lo que San Martín hace en el sur, dos flechas simétricas y proporcionales que se tocan en Guayaquil. Y la entrevista, que se resuelve claramente en favor de Bolívar, se compensa con la versión de la superioridad moral: Bolívar, ambicioso, quería la gloria; San Martín, desprendido, le dejó la consagración porque no tenía ambiciones. Esto es una construcción narrativa. San Martín, como corresponde a un héroe, fija y delimita la identidad nacional, pero después va más allá de las fronteras que él mismo marcó. Porque va a Chile, va a Perú y se exilia, y muere en el exilio. Entonces, San Martín tiene la posibilidad de la definición del nosotros, de la identidad nacional, pero también resuelve el tipo de relación con esos otros que están fuera de las fronteras y que no necesariamente son contrarios —pueden ser los hermanos latinoamericanos. Pero hay que resolver esa fraternidad y la relación con lo español, que es, al mismo tiempo, de hostilidad y de pertenencia. Si se quiere rastrear, en las que serían las narraciones de fundación de nuestra identidad nacional, de dónde viene nuestro mito de superioridad, esta figura de San Martín que lleva la libertad, esta generosidad sanmartiniana de legarles la libertad a los hermanos latinoamericanos tiene algo de una fraternidad que presupone que hay un hermano mayor y un hermano menor. San Martín resuelve así la figura paternal del padre de la patria, la relación con la complicada maternidad de la madre patria España, y también el sistema de fraternidad con un toquecito de aire de superioridad de los argentinos, que todavía suponemos estar un cachitín por encima del resto de los países latinoamericanos.
· Esta visión de San Martín es la que domina. Se hizo natural.—En realidad, se trata de operaciones culturales de los intelectuales que apuntaron a definir un tipo de identidad nacional, un tipo de pasado nacional, un tipo de tradición nacional. Parte de su eficacia consiste en que consiguen naturalizarse. O sea, uno asume esa identidad y ese pasado en la medida en que no lo ve como construido, sino como dado, como "natural". Pero lo cierto es que es evidente que hay una intervención y que el lugar de lo hispánico se redefine, como el lugar donde se pone a Rosas, y que los movimientos entre Belgrano y San Martín narrativamente se ajustan. En realidad, se ven todo el tiempo operaciones, ajustes, construcciones.
· Pero todos coinciden en reivindicar a San Martín.—San Martín es un punto intocable. Se puede ir, incluso, a versiones más radicalizadas, a las perspectivas de izquierda, que trazan genealogías diferentes: donde una arma San Martín-Belgrano-Sarmiento, la otra dice San Martín-Rosas, y la tercera liga a San Martín y al Che Guevara. San Martín es una especie de foco de irradiación que prácticamente nadie toca. Sólo una puesta en cuestión del paradigma de argentinidad ya establecido puede llevar a cuestionar a San Martín. San Martín y la argentinidad se han hecho el uno al otro, en gran medida. Por lo tanto, es muy difícil ratificar un paradigma de argentinidad y desalojar a San Martín. Sólo si se revisa qué idea tenemos de lo que es ser argentino, y cómo se hizo, y se somete a discusión, se puede realmente revisar a San Martín.
· ¿Por qué prevalece la línea San Martín-Belgrano-Sarmiento y no la que lleva a Rosas, o al Che Guevara?—¿Por qué la tradición liberal es la hegemónica en la Argentina, dice usted? Es la eficacia de una operación cultural: funcionaron esas narraciones en su capacidad de fundar creencias y adhesiones. Pero luego también hay una instrumentación política, que es que esas narraciones funcionan también porque hay una política estatal, donde esta versión se instrumenta, se enseña, se convierte en manual escolar, y se traduce a prácticas, ritos, efemérides. Y eso ya es una política de Estado.
Señas particulares
Argentino, 38 años.
· Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia.
· Publicó dos ensayos: "Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política" (1998, en colaboración) y "Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin" (2004).
· Escribió dos libros de cuentos y cinco novelas. En agosto publicará el ensayo "Narrar a San Martín" (Adriana Hidalgo).
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Página12 – Edición del Sábado 21/03/2009
Sección EL PAÍS
AMENAZAS, XENOFOBIA Y RACISMO EN LA BANQUINA
La balada de De Angeli y sus amigos
… Una particularidad del discurso del dirigente rural más mediático es que, al igual que el año pasado, señaló varias veces que el corte de ruta no era algo que le gustara hacer y que si se llegaba a tal situación era por las provocaciones de los otros, es decir el Gobierno. El ruralista se desprendió de las consecuencias de los cortes de ruta. Quizá por eso apenas terminó la asamblea de ayer a la noche, cuando hubo algunos forcejeos entre productores y camioneros, De Angeli ya no estaba en el lugar.
“No sé qué le van a coparticipar a los municipios si estamos entrando en el círculo más grande de pobreza de la historia argentina. Si ustedes quieren hacer de la Argentina una Cuba o Venezuela, se equivocó”, vociferó el productor arrendatario.
–Qué bien que estuvo Alfredo, sobre todo con lo de Cuba y Venezuela. ¿Quién quiere ser como esos negros de mierda? –murmuró Abelardo Spector Fraga, delegado de la Sociedad Rural de Gualeguaychú, a un colega suyo. El chacarero antivenezolano y cubano esbozó una explicación de sus dichos a Página/12: “Los argentinos somos inmigrantes europeos, que queremos el progreso y el bienestar. A mí me gusta el capitalismo, pero más humano, donde no haya pobreza como la hay en Latinoamérica”, aclaró Spector Fraga. Quien dice que en el conflicto agropecuario no hay diferentes modelos políticos e ideológicos en pugna se equivoca.
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Martes, 18 de mayo de 2010
Entre los balances del Bicentenario > reflexiones en el marco de las celebraciones por el aniversario nacional
El Estado como comunidad imaginada
Por Norma Giarracca
Un antropólogo europeo preocupado por el nacionalismo, Benedict Anderson, definió la nación como una comunidad política imaginada, inherentemente limitada y soberana. ¿Por qué imaginada? Los miembros de la nación no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán hablar de ellos. En segundo lugar, se imagina limitada porque tiene fronteras finitas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones. Por último, se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que prevalece en cada caso, la nación se concibe siempre como fraternal, y ese imaginario es el que permite que tantos millones de personas maten y se dejen matar por imaginaciones tan limitadas. Estas ideas fueron muy discutidas en Europa y nuestros territorios latinoamericanos, sobre todo por los intelectuales que encuentran en el concepto de Estado-nación europeo (una creación reciente en la historia de la humanidad) la solución a todos los problemas y males.
En estos tiempos de efemérides que interpelan los orígenes de nuestra comunidad política, sólo el gobierno nacional (y los provinciales) alude a esta unidad imaginada, la da por sentado y no podría ser de otra forma. Pero junto con estos festejos oficiales se han impulsado muchos otros “bicentenarios” que dan cuenta de la precariedad de la imaginada “unidad” y la ineludible necesidad de revisar estos artefactos culturales (“nación”, “Estado”, “gobierno”). Aunque siempre se activa un “olvido” de los hitos históricos que contextualizaron esas construcciones para remarcar el logro buscado, el trauma, el “pachakuti”, insisten en hacerse presentes.
Por eso, uno de los primeros manifiestos que circularon en estas otras celebraciones se titula “Caminemos por la verdad hacia un Estado Plurinacional”, firmado por un número importante de comunidades originarias que fue comentado en un artículo de Página/12 (12-5-2010). Sólo recordemos que 1810 no significó lo mismo para los pueblos originarios que para los criollos y españoles que decidieron hacerse cargo del gobierno ya sin la tutela de España. El Bicentenario debe ser la oportunidad histórica para generar el acto de reivindicación que las naciones originarias esperan en el silencio de sus montes, cordilleras, estepas, valles y montañas, sostiene el documento. “Un silencio que ha sido interrumpido por el tronar de motosierras que todo desmonta, el rugido de topadoras y explosivos de las mineras que todo lo vuelan, el ingreso de petroleras que todo lo envenenan, la penetración de iglesias y sectas que todo lo convierten, partidos políticos y ofertas electorales que quiebran toda la unidad comunitaria.” La propuesta es un Estado plurinacional que supondría una gran constituyente social donde todo se revea y cuestione; donde debatamos y creemos nuevos y creativos consensos.
Muchas otras organizaciones están preparando sus propios bicentenarios, muchas parcialidades que nos advierten de las dificultades para sostener la imaginada comunidad nacional. En las redes de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) circula una propuesta que firman varias organizaciones y aun utilizando el ya generalizado “otro”, lo subtitulan “el bicentenario de los pueblos”.
Hace mucho veníamos trabajando en estas ideas de “muchos bicentenarios” que mostraran la necesidad de no pensar en “sociedades homogéneas”, sino en parcialidades, que como nos recuerda Arturo Roig para América latina, no remiten necesariamente a una misma unidad. Tampoco el sujeto argentino –ese “nosotros los argentinos”– se ha identificado mediante una misma unidad referencial, lo que resulta en diversos y diferentes “horizontes de comprensión”. Nuestro “Otros bicentenarios” se realizó en La Rioja, el 7 y 8 de mayo, organizado por las Asambleas Ciudadanas Riojanas: se escucharon las cadencias de muchos pueblos cordilleranos, muchos acentos incluidos otros de América latina. Fueron voces asamblearias, de intelectuales, artistas y de un grupo de docentes luchando por preservar el maravilloso edificio histórico de su Escuela Normal Castro Barros.
Por todo esto es difícil pensar que el artefacto cultural “nación” que (imaginariamente) cumple 200 años funcione como unidad y hermandad en estas fechas; los horizontes de comprensión son diversos y muchas autoridades así como el poder económico se empeñan en la consonancia musical, en una única voz desvalorizando la estética de la disonancia. Más complicado aún, cuando esas voces anuncian despojos de nuestros recursos naturales y violencia en los territorios. No obstante, es una excelente oportunidad para pensar cómo volvemos a generar consensos para sentirnos “argentinos” sin perder la identidad mapuche, kolla, guaraní, wichí, criolla, de hijos de gringos o de las nuevas corrientes migratorias; sentirnos “argentinos” respetando identidades, historias (en plural); la necesidad de elegir autónoma y libremente un modo de reproducción material; la posibilidad de rechazar la que los gobernantes y las corporaciones nos imponen; debatir culturas y modos de situarnos en el mundo y en la vida. Después de esa necesaria reparación de nuestra historia reciente (que nos avergonzaba en nuestra identidad nacional), estaremos en mejores condiciones para caminar hacia un nuevo “constructo” que sea plurinacional, intercultural, que habilite la posibilidad de un amplio debate de quienes somos y deseamos ser “nosotros los argentinos”. Sería, por lo menos, el comienzo de un debate decolonial como los iniciados en otros países y lograríamos un Bicentenario que proponga construir colectivamente nuestras historias en un precario proyecto de comunidad política y social.
Socióloga, profesora e investigadora (Instituto Gino Germani-UBA).
Link a la nota:http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elpais/1-145844-2010-05-18.html
ARGENTINOS HASTA EN LA CRISIS Cuando la identidad nacional no es sólo hacer banderaLa crisis hizo reverdecer el apego a los símbolos patrios pero incentivo también una fractura en el sentimiento de pertenencia al país, expresada en el deseo de partir. Un debate sobre que identidad cultural y política se deben los argentinos.
De repente, arroparse en la bandera se hizo cotidiano fuera de las fiestas futboleras como si ser o no ser argentinos estuviera indisolublemente ligado —o solamente ligado— a esa tela fundacional de la patria y a entonar la vieja canción de Blas Parera. ¿Acaso la crisis política, social y económica, la peor de la historia porque reveló índices de malestar colectivo como nunca antes se habían expresado en la vida de la gente, y que se desplegó como un vendaval a partir del 20 de diciembre, potenció la búsqueda frenética y ciertamente escolar de una identidad machucada?O para decirlo de otra manera, ¿la crisis en verdad reveló lo que ya no estaba: un estado societario, una sociedad integrada, un poder político legitimado, una economía saludable, en fin, un proyecto de país sin errancia? Un país que coexiste ahora con la pasión por el Himno, el dulce de leche, los cinco premios Nobel que supimos conseguir, la gloriosa mano de Maradona, el genio de Borges y, por las noches, con los ejércitos de cartoneros, de visitadores de basura que recuerdan que ya no somos aquello que fuimos y, sin embargo, que somos también aquello que fuimos.Esta paradoja aparece en el debate sobre qué fuimos antes de la crisis y qué somos ahora. Y para qué sirve saberlo. En principio, sirve— sostiene el antropólogo Alejandro Grimson— para saber qué queremos ser. Es que la identidad nacional se construye con la tela de la cultura, se cose con el hilo de la historia, se corta con el rumbo del proyecto político de nación, se modela con la marca que dejó esa cultura y esa historia en la cabeza de la sociedad. Las voces que consultó Zona —la historiadora Lilia Bertoni, los politólogos Eduardo Rinesi y Marcos Novaro, las sociólogas María Pía López y Gisela Catanzaro y la doctora en Educación Sandra Carli— comparten una idea: la identidad de los argentinos no es homogénea ni inmutable: cambia, todo cambia. No todos los argentinos descendieron de los barcos. Ni todos fueron peronistas o comunistas o radicales o guerrilleros o militares o nacionalistas, ni usan escarapela en las fiestas patrias, ni a todos les gusta, siquiera, el dulce de leche o tomar colectivos o leer a Borges. La idea de heterogeneidad está en la base de la cultura: su reflejo debería ser, entonces, la pluralidad. Y lo es en verdad. Durante el siglo XX, la tensión de querer forzar la construcción de una nación homogénea sólo fue fuente de conflictos trágicos, cuya última estación fue la aventura bélica de Malvinas con la que la dictadura pretendió perpetuarse a través de un ideal nacional externo para ocultar su debacle política, la depredación económica, sus crímenes contra la vida y la libertad de los ciudadanos. Bertoni lo dice claro: La apelación al patriotismo se postuló en el pasado para enfrentar las características de una sociedad heterogénea y con muy diversos aportes culturales. Y los intentos de ofrecer la exaltación de este modelo de un patriotismo prefijado aparecía como compensatorio de las debilidades de las instituciones en las que se fundaba el orden político, social y jurídico de la República. Por eso la crisis actual, entre muchas cosas dramáticas, revela que los caminos para restablecer el valor de pertenecer a esta nación no pasan por agitar banderas ni por cuestiones de honor, sino por restaurar las instituciones republicanas, la vigencia de la ley, los derechos y las responsabilidades de los ciudadanos.Hay, entonces, identidades culturales e identidades políticas. Ambas se se articularon de una manera ayer y hoy en la Argentina para que todos seamos Maradona y todos seamos cartoneros. Novaro reflexiona y comparte con Bertoni esta idea: tenemos una cultura que puso mucho empeño en el ser argentino y poco empeño en las instituciones argentinas. Los golpes de Estado forzaron, a lo largo del siglo XX, la idea cuartelera de nación y empezaron, por ejemplo en 1930, con cargarse a la Corte Suprema. Un pecado original de ese pasado que resintió la formación institucional de la nación y dejó malformaciones costosas del ser argentino. Aquella Corte arrasada del 30 y esta Corte de la que se desconfía en 2002 son un hilo de Ariadna en el laberinto de la identidad nacional. Esa identidad política cuartelera influyó para que durante el siglo XX, los proyectos políticos de alcance nacional, como el peronismo en su momento, pusieran el acento en construir una idea de nación, un destino común, por sobre la construcción de instituciones. Novaro hace un aporte notable: confronta esa idea de nación con la idea de la necesidad de lograr un patriotismo constitucional. Cuando se puso el acento en el problema de la nación dejando de lado el de la instituciones se perdió de vista la importancia que tiene para toda sociedad contemporánea la unidad en torno de reglas constitucionales.Una conclusión: ser argentino hoy es aferrarse a la diversidad cultural del origen, a las prácticas democráticas, al apego a la ley aunque sean tiempos de trampas. Consiste en abandonar las fantasías totalitarias. Ninguna guerra, ningún jefe providencial, ninguna cuestión de límites, de presiones externas pueden ayudar a responder la pregunta que se hace a la Efigie: quiénes somos hoy, quiénes queremos ser mañana. Lo contrario es caer, dice Graciela Romer, en las trampas del patrioterismo. Un atajo infantil para buscar la culpa en otros que no nos dejan ser. Un sentimiento que se expresa en la tirria al FMI por una deuda contraída por gobiernos sucesivos o por una dirigencia política a la que se le exige que se vayan todos pero fue votada en elecciones sucesivas. Pero si la identidad de ser argentinos no depende de hacer bandera, ¿por qué miles se abrazan en cada protesta a esos símbolos fundantes, gesto que —como señala Grimson— mostró su clímax durante la polémica por la privatización y quiebre de Aerolíneas Argentinas? María Pía López lo explica así: En la medida en que la disolución de la nación concreta es más trágica y dolorosa, se recurre más a los elementos que cristalizan la identidad: los símbolos patrios sustituyen la nación real, devienen fetiches, ocultan o tranquilizan, reponen en escena una unidad que no es efectivamente existente. Desde 1976, y con un pico de profundización desde 1989, vivimos un proceso destructivo de la nación, porque se destruyó un modelo de ser de la Argentina sin otro a cambio.Si abrazarse a la bandera y al Himno son la ilusión de una inclusión ciudadana total que no es real, pero que se exige desde la cultura, desde los símbolos, así como desde los recitales de rock o en la cumbia villera., señala Catanzaro, ¿cuál es ese ser argentino hasta en la crisis que apareció después del agónico y trágico 20 de diciembre? Rinesi reflexiona: Aparece una forma de ciudadanía más activa que la que se conoció durante el menemismo y el primer tiempo de la Alianza. También aparece una idea distinta sobre la libertad que está asociada a la idea de que nadie puede ser libre en un Estado que no sea libre. Es decir, la idea de que el Estado vuelva a ser concebido como una representación de la nación, autonomizado de los poderes que lo sojuzgan como la prepotencia e injerencia de bancos extranjeros o de los organismos internacionales, y al mismo tiempo de cumplir con las funciones que abandonó como garantizar un proyecto común de inclusión social, en salud, educación y un conjunto de bienes básicos a todos los habitantes.Otra conclusión: parece tiempo de elaborar un patriotismo constitucional y un patriotismo social de tal manera que el ser argentino no dependa sólo de hacer bandera sino, tal vez, de la reposición de un Estado nación que logre, por ejemplo, que una noche no haya un ejército de argentinos agachados sobre la basura que cocinarán, desafiando la animalidad, para comer los restos de Borges y Maradona.
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Clarín – Edición del Domingo 03/07/2005
MARTIN KOHAN, ESCRITOR Y PROFESOR DE TEORIA LITERARIA
"Contar la historia es operar sobre la identidad nacional"
Crear un panteón de héroes y narrar sus vidas es una tarea tan esencial para un país como consolidar su economía y su política. Se despliega así una reconstrucción en la que la ideología es pieza clave.
Claudio Martyniuk. cmartyniuk@clarin.com
· Estamos cerca del segundo centenario de la Revolución de Mayo. ¿Cómo se contaron los años que constituyeron el primero?—Contar la historia es una forma de operar sobre la identidad na cional. El Centenario fue un momento de rediseño de nuestra identidad. En realidad, hubo un primer momento fuerte en torno a la Generación del 37, que es la primera que se plantea hacer en la cultura el tipo de ruptura que en lo económico y político había concretado la Revolución de Mayo. Como dije, el otro gran momento de redefinición de la identidad nacional parte de fines del siglo XIX y tiene su momento culminante en el Centenario. Está muy ligado al caudal inmigratorio impactante que produjo, en un país con baja población, un cambio incluso en la percepción de las caras, de los idiomas y de los acentos. Hubo que instrumentar ahí un dispositivo estatal y por una vez en la vida argentina el Estado funcionó creando un dispositivo de incorporación cultural. Eso supuso algunos movimientos, como la recuperación de lo español. Entonces, cuando se trata de reinventar un pasado y de marcar la diferencia entre los argentinos con tradición frente a los recién llegados —a los que se quería volver argentinos—, esa recuperación del pasado criollo incluyó una revaloración del pasado hispánico.
· ¿Ahí se construye nuestro panteón de héroes?—Se consolida. Nuestro panteón oficial corresponde a la tradición liberal, ya fuera de Echeverría, de Sarmiento o de Mitre. Los dos grandes biografiados de Mitre, que son Belgrano y San Martín, llegan al Centenario ya consagrados como próceres. El Centenario implica su confirmación. Y lo que comienza es la incorporación de Sarmiento. Así se forma la trilogía San Martín, Belgrano, Sarmiento, cuyas fechas de muerte son nuestros feriados.
· ¿No es significativo que se haya instalado en nuestro panteón a dos personas con una relación problemática con el poder, como lo fueron San Martín y Belgrano?—Hay un movimiento muy particular, que yo pude rastrear en Mitre y en Sarmiento, porque Sarmiento participa también de la consagración de San Martín. ¿Cómo hacer de la prescindencia política —que es la clave en la que narran a San Martín— una virtud, cuando ellos están haciendo exactamente lo contrario? Más allá de si esa prescindencia política en San Martín es históricamente verdadera o se trata de una construcción narrativa, lo cierto es que San Martín se consagra como el héroe que no se rebaja a la guerra civil. En realidad, lo que hacen tanto Sarmiento como Mitre es señalar períodos: hay uno de consolidación de la independencia, que es el ciclo que abarca San Martín, y en él todo tipo de diferencia interna atenta contra la consolidación de la independencia de España. En ese marco, la prescindencia sanmartiniana es virtuosa. Cuando esa independencia está ya asegurada, se abre un nuevo ciclo, que es el de la consolidación política interna del país. Con lo cual, ellos no solamente no estarían entrando en contradicción con el virtuosismo de San Martín sino que se convierten en sus herederos.
· ¿Por qué San Martín aparece, en nuestro panteón, en un escalón superior a Belgrano?—En Mitre se puede rastrear algo sobre esta cuestión. Mitre titula "Historia de Belgrano y de la independencia argentina", y luego "Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana". Hay un salto, como si Belgrano fuera el héroe nacional de cabotaje, y San Martín tiene una dimensión de exportación, de despliegue más allá de las fronteras.
· ¿La proyección latinoamericana de San Martín nace en la forma en que se narra la historia argentina?—Sin duda. La idea de que Bolívar y San Martín están a la par, la idea de que —cuando se habla de la Copa Libertadores de América— los libertadores son San Martín y Bolívar, es una perspectiva netamente argentina.
· Un tema literariamente apreciado parece ser la reconstrucción de la entrevista de Guayaquil.—Es un momento donde la historia funciona como si fuese literatura, pero ya no porque uno la ficcionaliza sino porque los hechos ocurrieron con una combinación de enigma y de intriga muy literaria. La resolución argentina en la narración es la superioridad moral de San Martín, que es el modo de equilibrar la evidencia de la superioridad militar, política, histórica, simbólica de Bolívar. La única manera es inventar una ficción de paridad de simetría.
· ¿Cómo, exactamente?—Bolívar hace en el norte lo que San Martín hace en el sur, dos flechas simétricas y proporcionales que se tocan en Guayaquil. Y la entrevista, que se resuelve claramente en favor de Bolívar, se compensa con la versión de la superioridad moral: Bolívar, ambicioso, quería la gloria; San Martín, desprendido, le dejó la consagración porque no tenía ambiciones. Esto es una construcción narrativa. San Martín, como corresponde a un héroe, fija y delimita la identidad nacional, pero después va más allá de las fronteras que él mismo marcó. Porque va a Chile, va a Perú y se exilia, y muere en el exilio. Entonces, San Martín tiene la posibilidad de la definición del nosotros, de la identidad nacional, pero también resuelve el tipo de relación con esos otros que están fuera de las fronteras y que no necesariamente son contrarios —pueden ser los hermanos latinoamericanos. Pero hay que resolver esa fraternidad y la relación con lo español, que es, al mismo tiempo, de hostilidad y de pertenencia. Si se quiere rastrear, en las que serían las narraciones de fundación de nuestra identidad nacional, de dónde viene nuestro mito de superioridad, esta figura de San Martín que lleva la libertad, esta generosidad sanmartiniana de legarles la libertad a los hermanos latinoamericanos tiene algo de una fraternidad que presupone que hay un hermano mayor y un hermano menor. San Martín resuelve así la figura paternal del padre de la patria, la relación con la complicada maternidad de la madre patria España, y también el sistema de fraternidad con un toquecito de aire de superioridad de los argentinos, que todavía suponemos estar un cachitín por encima del resto de los países latinoamericanos.
· Esta visión de San Martín es la que domina. Se hizo natural.—En realidad, se trata de operaciones culturales de los intelectuales que apuntaron a definir un tipo de identidad nacional, un tipo de pasado nacional, un tipo de tradición nacional. Parte de su eficacia consiste en que consiguen naturalizarse. O sea, uno asume esa identidad y ese pasado en la medida en que no lo ve como construido, sino como dado, como "natural". Pero lo cierto es que es evidente que hay una intervención y que el lugar de lo hispánico se redefine, como el lugar donde se pone a Rosas, y que los movimientos entre Belgrano y San Martín narrativamente se ajustan. En realidad, se ven todo el tiempo operaciones, ajustes, construcciones.
· Pero todos coinciden en reivindicar a San Martín.—San Martín es un punto intocable. Se puede ir, incluso, a versiones más radicalizadas, a las perspectivas de izquierda, que trazan genealogías diferentes: donde una arma San Martín-Belgrano-Sarmiento, la otra dice San Martín-Rosas, y la tercera liga a San Martín y al Che Guevara. San Martín es una especie de foco de irradiación que prácticamente nadie toca. Sólo una puesta en cuestión del paradigma de argentinidad ya establecido puede llevar a cuestionar a San Martín. San Martín y la argentinidad se han hecho el uno al otro, en gran medida. Por lo tanto, es muy difícil ratificar un paradigma de argentinidad y desalojar a San Martín. Sólo si se revisa qué idea tenemos de lo que es ser argentino, y cómo se hizo, y se somete a discusión, se puede realmente revisar a San Martín.
· ¿Por qué prevalece la línea San Martín-Belgrano-Sarmiento y no la que lleva a Rosas, o al Che Guevara?—¿Por qué la tradición liberal es la hegemónica en la Argentina, dice usted? Es la eficacia de una operación cultural: funcionaron esas narraciones en su capacidad de fundar creencias y adhesiones. Pero luego también hay una instrumentación política, que es que esas narraciones funcionan también porque hay una política estatal, donde esta versión se instrumenta, se enseña, se convierte en manual escolar, y se traduce a prácticas, ritos, efemérides. Y eso ya es una política de Estado.
Señas particulares
Argentino, 38 años.
· Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia.
· Publicó dos ensayos: "Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política" (1998, en colaboración) y "Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin" (2004).
· Escribió dos libros de cuentos y cinco novelas. En agosto publicará el ensayo "Narrar a San Martín" (Adriana Hidalgo).
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Página12 – Edición del Sábado 21/03/2009
Sección EL PAÍS
AMENAZAS, XENOFOBIA Y RACISMO EN LA BANQUINA
La balada de De Angeli y sus amigos
… Una particularidad del discurso del dirigente rural más mediático es que, al igual que el año pasado, señaló varias veces que el corte de ruta no era algo que le gustara hacer y que si se llegaba a tal situación era por las provocaciones de los otros, es decir el Gobierno. El ruralista se desprendió de las consecuencias de los cortes de ruta. Quizá por eso apenas terminó la asamblea de ayer a la noche, cuando hubo algunos forcejeos entre productores y camioneros, De Angeli ya no estaba en el lugar.
“No sé qué le van a coparticipar a los municipios si estamos entrando en el círculo más grande de pobreza de la historia argentina. Si ustedes quieren hacer de la Argentina una Cuba o Venezuela, se equivocó”, vociferó el productor arrendatario.
–Qué bien que estuvo Alfredo, sobre todo con lo de Cuba y Venezuela. ¿Quién quiere ser como esos negros de mierda? –murmuró Abelardo Spector Fraga, delegado de la Sociedad Rural de Gualeguaychú, a un colega suyo. El chacarero antivenezolano y cubano esbozó una explicación de sus dichos a Página/12: “Los argentinos somos inmigrantes europeos, que queremos el progreso y el bienestar. A mí me gusta el capitalismo, pero más humano, donde no haya pobreza como la hay en Latinoamérica”, aclaró Spector Fraga. Quien dice que en el conflicto agropecuario no hay diferentes modelos políticos e ideológicos en pugna se equivoca.
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Martes, 18 de mayo de 2010
Entre los balances del Bicentenario > reflexiones en el marco de las celebraciones por el aniversario nacional
El Estado como comunidad imaginada
Por Norma Giarracca
Un antropólogo europeo preocupado por el nacionalismo, Benedict Anderson, definió la nación como una comunidad política imaginada, inherentemente limitada y soberana. ¿Por qué imaginada? Los miembros de la nación no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán hablar de ellos. En segundo lugar, se imagina limitada porque tiene fronteras finitas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones. Por último, se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que prevalece en cada caso, la nación se concibe siempre como fraternal, y ese imaginario es el que permite que tantos millones de personas maten y se dejen matar por imaginaciones tan limitadas. Estas ideas fueron muy discutidas en Europa y nuestros territorios latinoamericanos, sobre todo por los intelectuales que encuentran en el concepto de Estado-nación europeo (una creación reciente en la historia de la humanidad) la solución a todos los problemas y males.
En estos tiempos de efemérides que interpelan los orígenes de nuestra comunidad política, sólo el gobierno nacional (y los provinciales) alude a esta unidad imaginada, la da por sentado y no podría ser de otra forma. Pero junto con estos festejos oficiales se han impulsado muchos otros “bicentenarios” que dan cuenta de la precariedad de la imaginada “unidad” y la ineludible necesidad de revisar estos artefactos culturales (“nación”, “Estado”, “gobierno”). Aunque siempre se activa un “olvido” de los hitos históricos que contextualizaron esas construcciones para remarcar el logro buscado, el trauma, el “pachakuti”, insisten en hacerse presentes.
Por eso, uno de los primeros manifiestos que circularon en estas otras celebraciones se titula “Caminemos por la verdad hacia un Estado Plurinacional”, firmado por un número importante de comunidades originarias que fue comentado en un artículo de Página/12 (12-5-2010). Sólo recordemos que 1810 no significó lo mismo para los pueblos originarios que para los criollos y españoles que decidieron hacerse cargo del gobierno ya sin la tutela de España. El Bicentenario debe ser la oportunidad histórica para generar el acto de reivindicación que las naciones originarias esperan en el silencio de sus montes, cordilleras, estepas, valles y montañas, sostiene el documento. “Un silencio que ha sido interrumpido por el tronar de motosierras que todo desmonta, el rugido de topadoras y explosivos de las mineras que todo lo vuelan, el ingreso de petroleras que todo lo envenenan, la penetración de iglesias y sectas que todo lo convierten, partidos políticos y ofertas electorales que quiebran toda la unidad comunitaria.” La propuesta es un Estado plurinacional que supondría una gran constituyente social donde todo se revea y cuestione; donde debatamos y creemos nuevos y creativos consensos.
Muchas otras organizaciones están preparando sus propios bicentenarios, muchas parcialidades que nos advierten de las dificultades para sostener la imaginada comunidad nacional. En las redes de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) circula una propuesta que firman varias organizaciones y aun utilizando el ya generalizado “otro”, lo subtitulan “el bicentenario de los pueblos”.
Hace mucho veníamos trabajando en estas ideas de “muchos bicentenarios” que mostraran la necesidad de no pensar en “sociedades homogéneas”, sino en parcialidades, que como nos recuerda Arturo Roig para América latina, no remiten necesariamente a una misma unidad. Tampoco el sujeto argentino –ese “nosotros los argentinos”– se ha identificado mediante una misma unidad referencial, lo que resulta en diversos y diferentes “horizontes de comprensión”. Nuestro “Otros bicentenarios” se realizó en La Rioja, el 7 y 8 de mayo, organizado por las Asambleas Ciudadanas Riojanas: se escucharon las cadencias de muchos pueblos cordilleranos, muchos acentos incluidos otros de América latina. Fueron voces asamblearias, de intelectuales, artistas y de un grupo de docentes luchando por preservar el maravilloso edificio histórico de su Escuela Normal Castro Barros.
Por todo esto es difícil pensar que el artefacto cultural “nación” que (imaginariamente) cumple 200 años funcione como unidad y hermandad en estas fechas; los horizontes de comprensión son diversos y muchas autoridades así como el poder económico se empeñan en la consonancia musical, en una única voz desvalorizando la estética de la disonancia. Más complicado aún, cuando esas voces anuncian despojos de nuestros recursos naturales y violencia en los territorios. No obstante, es una excelente oportunidad para pensar cómo volvemos a generar consensos para sentirnos “argentinos” sin perder la identidad mapuche, kolla, guaraní, wichí, criolla, de hijos de gringos o de las nuevas corrientes migratorias; sentirnos “argentinos” respetando identidades, historias (en plural); la necesidad de elegir autónoma y libremente un modo de reproducción material; la posibilidad de rechazar la que los gobernantes y las corporaciones nos imponen; debatir culturas y modos de situarnos en el mundo y en la vida. Después de esa necesaria reparación de nuestra historia reciente (que nos avergonzaba en nuestra identidad nacional), estaremos en mejores condiciones para caminar hacia un nuevo “constructo” que sea plurinacional, intercultural, que habilite la posibilidad de un amplio debate de quienes somos y deseamos ser “nosotros los argentinos”. Sería, por lo menos, el comienzo de un debate decolonial como los iniciados en otros países y lograríamos un Bicentenario que proponga construir colectivamente nuestras historias en un precario proyecto de comunidad política y social.
Socióloga, profesora e investigadora (Instituto Gino Germani-UBA).
Link a la nota:http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elpais/1-145844-2010-05-18.html
martes, 1 de junio de 2010
Domingo, 16 de mayo de 2010
Habla, memoria
Cinco directores montaron 26 documentales sobre diferentes episodios de la Historia argentina valiéndose del escaso archivo audiovisual que décadas de desidia, destrucción y desaparición adrede han dejado. El resultado es sorprendente: la contundencia, la precisión y el rigor los convierte en capítulos de ese siempre esquivo gran relato argentino.
Por Mariano Kairuz
Desde hace un par de semanas, Canal Siete está dando de lunes a viernes, todas las noches a las 23.30, una serie documental en veinticinco capítulos sobre el siglo XX argentino, titulada Huellas de un siglo en el Bicentenario. La lista de episodios traza un recorrido impresionante, que va del bombardeo a la Plaza de Mayo a la toma del frigorífico Lisandro de la Torre (un hito de la resistencia popular contra la política de desnacionalización del frondizismo), pasando, de manera no cronológica, por el juicio a la Junta Militar, el último año de vida de Eva Perón, la contracara de los festejos del centenario en 1910, el Cordobazo, la Semana Trágica, los comienzos de las Madres de la Plaza, la manipulación mediática de la guerra de Malvinas, el 19 de diciembre de 2001 y muchos otros relatos clave del siglo pasado (y hasta los turbulentos inicios del actual) que no buscan dar cuenta de la totalidad, pero la rodean proponiendo, a través de historias concretas, un acercamiento a esa gran novela imposible que es la Historia argentina.
Un siglo en minutos
Concebida por Alejandro Fernández Mouján y Pablo Reyero desde el Area Cine de Canal Siete (área que dirigen desde 2006), el programa obtiene buena parte de su fuerza del magnetismo que irradia cada capítulo, de su apuesta por condensar una abrumadora cantidad de imágenes, editadas con alta precisión y máxima contundencia, en no más de 26 minutos por emisión. Razones de producción y un presupuesto restringido condicionaron este formato, pero el programa salió fortalecido de sus limitaciones. “La consigna fue usar 90 por ciento de material de archivo y entrevistas del canal o comparadas con otros realizadores”, explica Fernández Mouján, quien junto con Reyero y el historiador Javier Trímboli (y el apoyo de Tristán Bauer y el director del canal, Martín Bonavetti) fueron los coordinadores generales del programa. “Hablar de historia puede ser árido en televisión, por más vueltas de tuerca que se le dé desde lo dramático, a la hora de sostener la atención de un espectador que está acostumbrado a algo totalmente distinto”, explica Reyero. “Por eso decidimos básicamente contar en poco tiempo cada acontecimiento y sus disparadores hacia el pasado y hacia el futuro. Y buscamos un cambio en la mirada sobre algunos materiales de archivo ya vistos, poniendo el foco en los movimientos subalternos, en hablar de lucha de clases, de conflictos sociales, políticos y económicos.”
El caso testigo del tipo de relatos conflictivos que se convirtieron en el núcleo central del programa podría ser el capítulo El malón de paz, sobre los 174 kollas que en 1946 marcharon a Buenos Aires para reclamar sus derechos sobre las tierras de sus ancestros. El movimiento había sido alentado por Perón, quien los recibió en la Casa Rosada, pero poco después los mandó de vuelta al norte, cuando a su alrededor empezaron a agitarse otros sectores con un reclamo todavía mayor, el de la reforma agraria, que el presidente juzgó inmanejable. Al menos según le explicó a Atahualpa en un diálogo que es citado al final del capítulo: “El movimiento todavía no estaba preparado para una reforma agraria de fondo. Y bueno, amigo, ya está, así son las cosas”. Unas pocas palabras que alcanzan una elocuencia enorme acerca de las contradicciones del peronismo y de la política argentina en general. “Tuvimos la apertura, el margen para, en el canal público, salir con un discurso de este tipo, que no es para nada oficialista”, destaca Reyero. “Fue parte del trabajo que se dio entre Fernández Mouján, Trímboli y yo: cada uno de nosotros tiene una mirada distinta sobre los hechos históricos y a partir de esa dinámica y de nuestras discusiones se plantearon y se definieron los perfiles de los documentales.”
“En lo que siempre coincidimos”, agrega Trímboli, “fue en la voluntad de volver a hablar de clases sociales. Yo provengo del campo de la Historia, de la facultad de Filosofía y Letras, donde el término clase, sobre todo en la historiografía que se originó en la década del ’80 y que fue muy importante en los ’90, ha quedado expulsado del lenguaje: se habla de gente, de ciudadanía, nunca de clase. Nosotros, por el contrario, acentuamos todo lo que tuviera que ver con la cuestión de clase, para detectar el funcionamiento de las clases dominantes en cada situación histórica, y para examinar esa cuestión más maleable que son las clases subalternas, que a veces son obreras, a veces kollas, a veces campesinos. Lo que más discusiones provocó entre nosotros fue el peronismo del ’45 al ’55; cómo entender la relación de Perón con los movimientos populares, cómo entender el fenómeno maldito del país burgués.”
“Sentamos posición al arrancar con el bombardeo del ’55”, completa Reyero, “porque podremos tener entre nosotros discusiones sobre el peronismo, pero hay situaciones sobre las cuales no hay discusión: que los personajes que tiraron bombas en el ’55 son los mismos que a partir del ’73, ’74 desaparecen gente. Marcamos un punto de quiebre que tiene que ver con el terrorismo de Estado, las luchas de clases y la redistribución de la riqueza, y la reforma agraria, como grandes columnas del programa”.
Uno de los efectos de este esquema narrativo es el de acortar los tiempos históricos señalando una línea, una continuidad narrativa en la “novela” del siglo XX. “Un historiador conservador diría que a la hora de mostrar al Massera del bombardeo a la plaza debería quedar muy claro que no tiene nada que ver con el Massera del ’76, pero para nosotros es todo lo contrario”, dice Trímboli. “Siempre nos rondó la lectura del historiador Georges Didi Huberman, que legitima estos anacronismos, en tanto cien años son muy poco tiempo. A la distancia, ese tiempo que pasó, dice, pueden ser no más que unos segundos. El siglo XX tiene de esta manera una cantidad de continuidades alucinantes.”
Un agujero de imagenes
Huellas de un siglo tiene además una clara vocación cinematográfica, sostenida en la firme decisión de que el relato principal lo lleven las imágenes. Por eso, para su realización fueron convocados directores que, como Fernández Mouján (realizador de, entre otras películas, Pulqui, un instante en la patria de la felicidad y la reciente Los resistentes) y como Reyero (Dársena Sur, Angeles caídos), o Carlos Echeverría (Juan, como si nada hubiera sucedido), provinieran del cine. A aquellos tres realizadores de un documental de tipo “clásico” se sumaron, para dirigir los otros capítulos, el editor y productor Marcel Cluzet y los directores Hernán Khourian (Puna, Los pernoctantes), que viene de un documental más experimental, y Gustavo Fontán (La orilla que se abisma, El árbol), que trabaja en una cruza entre el documental y la ficción. Estos realizadores podían aportar una mirada particular a las imágenes centrales de cada programa.
“Cada capítulo tiene cierta perla en relación con las imágenes”, dice Trímboli: “En el del malón de la paz, el único testimonio que quedaba eran 50 segundos del teniente Bertonasco, el representante de Perón que acompañó a los kollas, con su historia muy particular –su madre era indígena y su padre militar– llegando a San Antonio de Areco. Conseguimos ese material, pero el documental todo lo que hace es rodear esos 50 segundos y algunas fotos. En el de Khourian sobre la primavera de los pueblos, que va del 25 de mayo del ’73 al 20 de junio, una escena condensa todo el problema: la JP de La Plata decide en esos días de tantas tomas y tanta movilización y fervor, tomar la Ciudad de los Niños. Entonces se ven imágenes típicas de niños de los años ’40, ’50: delantal blanco, pelo cortito... y de repente, ¡tuc!, contamos la toma del ’73 y se ven tres segundos de la Ciudad de los Niños con las casitas enanas, y la bandera de Montoneros, y los pelos largos. Era todo lo que quedaba, y lo rodeamos con todo lo otro no para enmascararlo sino para resaltar esa imagen poderosa.”
El trabajo con archivos para la historia de un país sin archivo (casi no hay registros del 17 de octubre, por ejemplo) convirtió ese vacío en uno de los centros más significativos del programa. Para Khourian, una de las cosas más interesantes de su participación en el ciclo fue justamente tener que trabajar en contra de ese agujero negro. “¿Qué pasa cuando las imágenes de la historia no están? ¿Dónde están las imágenes que no tengo? El desafío era hacer una memoria desde la imposibilidad, con fotos o unos pocos minutos de fílmico. Eso nos lleva a repensar y revalorar el sentido de algunas imágenes; buscar claves del cuerpo de archivo de cada capítulo, juegos de repeticiones, resaltar un fragmento por texturas o sonidos, y encontrar y recargar el sentido de algunas imágenes que los documentales televisivos suelen dejar de lado. Es hacer una escritura de lo borrado, trabajar en el vacío de imágenes: en un lugar donde el Estado hizo desaparecer no sólo personas sino materiales o archivos, lo poco o mucho que se encuentra se resignifica desde esa imposibilidad, se resignifica la historia desde ese intento de borradura de la historia.”
“Mucho se ha destruido”, explica Fernández Mouján; “o existe en archivos argentinos de Alemania y Estados Unidos que no podemos pagar. Acá laburamos con el Archivo General de la Nación, el Museo del Cine, algunas universidades, el Canal 10 de Córdoba, y en el caso de la toma del puente de Corrientes, son tomas caseras hechas por la gente en VHS y distintos formatos”. Para Trímboli, “ha habido intereses particulares que quisieron deshacerse de determinadas imágenes, porque implicarían la posibilidad de construir otras narraciones, que cultural y políticamente irían en contra de esos intereses. No es un mero accidente que un país como el nuestro y de Latinoamérica no tenga ese poderoso archivo: lo que a veces parece descuido ha obedecido en realidad a una política de la clase dominante que prefiere sacarse determinados conocimientos de encima. Tener más archivo abre las posibilidades de otros relatos y otras historias”.
En la historia misma del Canal Siete hay un episodio significativo con respecto a esto: “Cuando los milicos armaron ATC y trajeron el canal desde el edificio Alas –cuenta Fernández Mouján–, al ver los camiones que trasladaban los archivos, un coronel que estaba a cargo preguntó qué era eso. Y cuando le dijeron ‘Son nuestros archivos’ contestó: ‘Bueno, acá no hay lugar para archivos, eso lo tiramos todo’. Se rescató porque hubo gente de acá que lo hizo por su cuenta, pero para los milicos esas latas eran basura, no tenían ningún valor”.
Huellas de un siglo constituye una prueba de que de los fragmentos incompletos, de lo que se salvó de la secuencia salvaje y sistemática de destrucción que marcó a fuego el siglo XX argentino, pueden surgir grandes historias; de que en la sucesión de cuentos incompletos puede materializarse la novela del país. “Muchas veces apostar a narrar grandes procesos –como la democratización de la sociedad o el ascenso de los sectores medios– permite hacer la vista gorda a la hora de los imágenes, ser poco rigurosos”, dice Trímboli. “El formato de 25 minutos por programa nos obligó a ir hacia imágenes específicas y construir a partir de ellas cierta continuidad. Para un historiador actual todo lo que es continuidad o huela a gran relato no funciona, pero creo que nosotros construimos algo que no es el gran relato, pero tampoco es puro fragmento deshilvanado. Es lo que Walter Benjamin llama constelación: tenemos una constelación de 25 momentos que no se encadenan en un sentido único pero terminan produciendo un impacto y cierto sentido, la proyección de algo más grande.”
Huellas de un siglo en el Bicentenario se da de lunes a viernes a las 23.30 por Canal Siete y algunos capítulos pueden verse en el sitio del canal (www.tvpublica.com.ar).
También se proyectarán varios de estos episodios los fines de semana, los sábados a las 20 y los domingos a las 19, hasta el 30 de mayo, en la Casa Nacional del Bicentenario, Riobamba 985. (Hoy a las 19 se dará Bombardeo a la Plaza de Mayo, de Carlos Echeverría, y Juicio a las Juntas, de Gustavo Fontán. El sábado 22, a las 20, La semana trágica, de Gustavo Fontán, y Malvinas: la guerra que nos contaron, de Alejandro Fernández Mouján. El domingo 23 El Centenario, de Hernán Khourian, y 1977. Madres, la primera ronda, de Fontán. El sábado 29 El Cordobazo y otros azos, de Fontán, y La primavera de los pueblos, de Khourian. Y el domingo 30, 24 de marzo, golpe a los trabajadores, de Fontán, y El Plan Larkin, de Carlos Echeverría.)
Link a la nota:http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/radar/9-6166-2010-05-16.html
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