Clarín – Edición del Domingo 21/07/2002 – Suplemento ZONA
ARGENTINOS HASTA EN LA CRISIS Cuando la identidad nacional no es sólo hacer banderaLa crisis hizo reverdecer el apego a los símbolos patrios pero incentivo también una fractura en el sentimiento de pertenencia al país, expresada en el deseo de partir. Un debate sobre que identidad cultural y política se deben los argentinos.
De repente, arroparse en la bandera se hizo cotidiano fuera de las fiestas futboleras como si ser o no ser argentinos estuviera indisolublemente ligado —o solamente ligado— a esa tela fundacional de la patria y a entonar la vieja canción de Blas Parera. ¿Acaso la crisis política, social y económica, la peor de la historia porque reveló índices de malestar colectivo como nunca antes se habían expresado en la vida de la gente, y que se desplegó como un vendaval a partir del 20 de diciembre, potenció la búsqueda frenética y ciertamente escolar de una identidad machucada?O para decirlo de otra manera, ¿la crisis en verdad reveló lo que ya no estaba: un estado societario, una sociedad integrada, un poder político legitimado, una economía saludable, en fin, un proyecto de país sin errancia? Un país que coexiste ahora con la pasión por el Himno, el dulce de leche, los cinco premios Nobel que supimos conseguir, la gloriosa mano de Maradona, el genio de Borges y, por las noches, con los ejércitos de cartoneros, de visitadores de basura que recuerdan que ya no somos aquello que fuimos y, sin embargo, que somos también aquello que fuimos.Esta paradoja aparece en el debate sobre qué fuimos antes de la crisis y qué somos ahora. Y para qué sirve saberlo. En principio, sirve— sostiene el antropólogo Alejandro Grimson— para saber qué queremos ser. Es que la identidad nacional se construye con la tela de la cultura, se cose con el hilo de la historia, se corta con el rumbo del proyecto político de nación, se modela con la marca que dejó esa cultura y esa historia en la cabeza de la sociedad. Las voces que consultó Zona —la historiadora Lilia Bertoni, los politólogos Eduardo Rinesi y Marcos Novaro, las sociólogas María Pía López y Gisela Catanzaro y la doctora en Educación Sandra Carli— comparten una idea: la identidad de los argentinos no es homogénea ni inmutable: cambia, todo cambia. No todos los argentinos descendieron de los barcos. Ni todos fueron peronistas o comunistas o radicales o guerrilleros o militares o nacionalistas, ni usan escarapela en las fiestas patrias, ni a todos les gusta, siquiera, el dulce de leche o tomar colectivos o leer a Borges. La idea de heterogeneidad está en la base de la cultura: su reflejo debería ser, entonces, la pluralidad. Y lo es en verdad. Durante el siglo XX, la tensión de querer forzar la construcción de una nación homogénea sólo fue fuente de conflictos trágicos, cuya última estación fue la aventura bélica de Malvinas con la que la dictadura pretendió perpetuarse a través de un ideal nacional externo para ocultar su debacle política, la depredación económica, sus crímenes contra la vida y la libertad de los ciudadanos. Bertoni lo dice claro: La apelación al patriotismo se postuló en el pasado para enfrentar las características de una sociedad heterogénea y con muy diversos aportes culturales. Y los intentos de ofrecer la exaltación de este modelo de un patriotismo prefijado aparecía como compensatorio de las debilidades de las instituciones en las que se fundaba el orden político, social y jurídico de la República. Por eso la crisis actual, entre muchas cosas dramáticas, revela que los caminos para restablecer el valor de pertenecer a esta nación no pasan por agitar banderas ni por cuestiones de honor, sino por restaurar las instituciones republicanas, la vigencia de la ley, los derechos y las responsabilidades de los ciudadanos.Hay, entonces, identidades culturales e identidades políticas. Ambas se se articularon de una manera ayer y hoy en la Argentina para que todos seamos Maradona y todos seamos cartoneros. Novaro reflexiona y comparte con Bertoni esta idea: tenemos una cultura que puso mucho empeño en el ser argentino y poco empeño en las instituciones argentinas. Los golpes de Estado forzaron, a lo largo del siglo XX, la idea cuartelera de nación y empezaron, por ejemplo en 1930, con cargarse a la Corte Suprema. Un pecado original de ese pasado que resintió la formación institucional de la nación y dejó malformaciones costosas del ser argentino. Aquella Corte arrasada del 30 y esta Corte de la que se desconfía en 2002 son un hilo de Ariadna en el laberinto de la identidad nacional. Esa identidad política cuartelera influyó para que durante el siglo XX, los proyectos políticos de alcance nacional, como el peronismo en su momento, pusieran el acento en construir una idea de nación, un destino común, por sobre la construcción de instituciones. Novaro hace un aporte notable: confronta esa idea de nación con la idea de la necesidad de lograr un patriotismo constitucional. Cuando se puso el acento en el problema de la nación dejando de lado el de la instituciones se perdió de vista la importancia que tiene para toda sociedad contemporánea la unidad en torno de reglas constitucionales.Una conclusión: ser argentino hoy es aferrarse a la diversidad cultural del origen, a las prácticas democráticas, al apego a la ley aunque sean tiempos de trampas. Consiste en abandonar las fantasías totalitarias. Ninguna guerra, ningún jefe providencial, ninguna cuestión de límites, de presiones externas pueden ayudar a responder la pregunta que se hace a la Efigie: quiénes somos hoy, quiénes queremos ser mañana. Lo contrario es caer, dice Graciela Romer, en las trampas del patrioterismo. Un atajo infantil para buscar la culpa en otros que no nos dejan ser. Un sentimiento que se expresa en la tirria al FMI por una deuda contraída por gobiernos sucesivos o por una dirigencia política a la que se le exige que se vayan todos pero fue votada en elecciones sucesivas. Pero si la identidad de ser argentinos no depende de hacer bandera, ¿por qué miles se abrazan en cada protesta a esos símbolos fundantes, gesto que —como señala Grimson— mostró su clímax durante la polémica por la privatización y quiebre de Aerolíneas Argentinas? María Pía López lo explica así: En la medida en que la disolución de la nación concreta es más trágica y dolorosa, se recurre más a los elementos que cristalizan la identidad: los símbolos patrios sustituyen la nación real, devienen fetiches, ocultan o tranquilizan, reponen en escena una unidad que no es efectivamente existente. Desde 1976, y con un pico de profundización desde 1989, vivimos un proceso destructivo de la nación, porque se destruyó un modelo de ser de la Argentina sin otro a cambio.Si abrazarse a la bandera y al Himno son la ilusión de una inclusión ciudadana total que no es real, pero que se exige desde la cultura, desde los símbolos, así como desde los recitales de rock o en la cumbia villera., señala Catanzaro, ¿cuál es ese ser argentino hasta en la crisis que apareció después del agónico y trágico 20 de diciembre? Rinesi reflexiona: Aparece una forma de ciudadanía más activa que la que se conoció durante el menemismo y el primer tiempo de la Alianza. También aparece una idea distinta sobre la libertad que está asociada a la idea de que nadie puede ser libre en un Estado que no sea libre. Es decir, la idea de que el Estado vuelva a ser concebido como una representación de la nación, autonomizado de los poderes que lo sojuzgan como la prepotencia e injerencia de bancos extranjeros o de los organismos internacionales, y al mismo tiempo de cumplir con las funciones que abandonó como garantizar un proyecto común de inclusión social, en salud, educación y un conjunto de bienes básicos a todos los habitantes.Otra conclusión: parece tiempo de elaborar un patriotismo constitucional y un patriotismo social de tal manera que el ser argentino no dependa sólo de hacer bandera sino, tal vez, de la reposición de un Estado nación que logre, por ejemplo, que una noche no haya un ejército de argentinos agachados sobre la basura que cocinarán, desafiando la animalidad, para comer los restos de Borges y Maradona.
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Clarín – Edición del Domingo 03/07/2005
MARTIN KOHAN, ESCRITOR Y PROFESOR DE TEORIA LITERARIA
"Contar la historia es operar sobre la identidad nacional"
Crear un panteón de héroes y narrar sus vidas es una tarea tan esencial para un país como consolidar su economía y su política. Se despliega así una reconstrucción en la que la ideología es pieza clave.
Claudio Martyniuk. cmartyniuk@clarin.com
· Estamos cerca del segundo centenario de la Revolución de Mayo. ¿Cómo se contaron los años que constituyeron el primero?—Contar la historia es una forma de operar sobre la identidad na cional. El Centenario fue un momento de rediseño de nuestra identidad. En realidad, hubo un primer momento fuerte en torno a la Generación del 37, que es la primera que se plantea hacer en la cultura el tipo de ruptura que en lo económico y político había concretado la Revolución de Mayo. Como dije, el otro gran momento de redefinición de la identidad nacional parte de fines del siglo XIX y tiene su momento culminante en el Centenario. Está muy ligado al caudal inmigratorio impactante que produjo, en un país con baja población, un cambio incluso en la percepción de las caras, de los idiomas y de los acentos. Hubo que instrumentar ahí un dispositivo estatal y por una vez en la vida argentina el Estado funcionó creando un dispositivo de incorporación cultural. Eso supuso algunos movimientos, como la recuperación de lo español. Entonces, cuando se trata de reinventar un pasado y de marcar la diferencia entre los argentinos con tradición frente a los recién llegados —a los que se quería volver argentinos—, esa recuperación del pasado criollo incluyó una revaloración del pasado hispánico.
· ¿Ahí se construye nuestro panteón de héroes?—Se consolida. Nuestro panteón oficial corresponde a la tradición liberal, ya fuera de Echeverría, de Sarmiento o de Mitre. Los dos grandes biografiados de Mitre, que son Belgrano y San Martín, llegan al Centenario ya consagrados como próceres. El Centenario implica su confirmación. Y lo que comienza es la incorporación de Sarmiento. Así se forma la trilogía San Martín, Belgrano, Sarmiento, cuyas fechas de muerte son nuestros feriados.
· ¿No es significativo que se haya instalado en nuestro panteón a dos personas con una relación problemática con el poder, como lo fueron San Martín y Belgrano?—Hay un movimiento muy particular, que yo pude rastrear en Mitre y en Sarmiento, porque Sarmiento participa también de la consagración de San Martín. ¿Cómo hacer de la prescindencia política —que es la clave en la que narran a San Martín— una virtud, cuando ellos están haciendo exactamente lo contrario? Más allá de si esa prescindencia política en San Martín es históricamente verdadera o se trata de una construcción narrativa, lo cierto es que San Martín se consagra como el héroe que no se rebaja a la guerra civil. En realidad, lo que hacen tanto Sarmiento como Mitre es señalar períodos: hay uno de consolidación de la independencia, que es el ciclo que abarca San Martín, y en él todo tipo de diferencia interna atenta contra la consolidación de la independencia de España. En ese marco, la prescindencia sanmartiniana es virtuosa. Cuando esa independencia está ya asegurada, se abre un nuevo ciclo, que es el de la consolidación política interna del país. Con lo cual, ellos no solamente no estarían entrando en contradicción con el virtuosismo de San Martín sino que se convierten en sus herederos.
· ¿Por qué San Martín aparece, en nuestro panteón, en un escalón superior a Belgrano?—En Mitre se puede rastrear algo sobre esta cuestión. Mitre titula "Historia de Belgrano y de la independencia argentina", y luego "Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana". Hay un salto, como si Belgrano fuera el héroe nacional de cabotaje, y San Martín tiene una dimensión de exportación, de despliegue más allá de las fronteras.
· ¿La proyección latinoamericana de San Martín nace en la forma en que se narra la historia argentina?—Sin duda. La idea de que Bolívar y San Martín están a la par, la idea de que —cuando se habla de la Copa Libertadores de América— los libertadores son San Martín y Bolívar, es una perspectiva netamente argentina.
· Un tema literariamente apreciado parece ser la reconstrucción de la entrevista de Guayaquil.—Es un momento donde la historia funciona como si fuese literatura, pero ya no porque uno la ficcionaliza sino porque los hechos ocurrieron con una combinación de enigma y de intriga muy literaria. La resolución argentina en la narración es la superioridad moral de San Martín, que es el modo de equilibrar la evidencia de la superioridad militar, política, histórica, simbólica de Bolívar. La única manera es inventar una ficción de paridad de simetría.
· ¿Cómo, exactamente?—Bolívar hace en el norte lo que San Martín hace en el sur, dos flechas simétricas y proporcionales que se tocan en Guayaquil. Y la entrevista, que se resuelve claramente en favor de Bolívar, se compensa con la versión de la superioridad moral: Bolívar, ambicioso, quería la gloria; San Martín, desprendido, le dejó la consagración porque no tenía ambiciones. Esto es una construcción narrativa. San Martín, como corresponde a un héroe, fija y delimita la identidad nacional, pero después va más allá de las fronteras que él mismo marcó. Porque va a Chile, va a Perú y se exilia, y muere en el exilio. Entonces, San Martín tiene la posibilidad de la definición del nosotros, de la identidad nacional, pero también resuelve el tipo de relación con esos otros que están fuera de las fronteras y que no necesariamente son contrarios —pueden ser los hermanos latinoamericanos. Pero hay que resolver esa fraternidad y la relación con lo español, que es, al mismo tiempo, de hostilidad y de pertenencia. Si se quiere rastrear, en las que serían las narraciones de fundación de nuestra identidad nacional, de dónde viene nuestro mito de superioridad, esta figura de San Martín que lleva la libertad, esta generosidad sanmartiniana de legarles la libertad a los hermanos latinoamericanos tiene algo de una fraternidad que presupone que hay un hermano mayor y un hermano menor. San Martín resuelve así la figura paternal del padre de la patria, la relación con la complicada maternidad de la madre patria España, y también el sistema de fraternidad con un toquecito de aire de superioridad de los argentinos, que todavía suponemos estar un cachitín por encima del resto de los países latinoamericanos.
· Esta visión de San Martín es la que domina. Se hizo natural.—En realidad, se trata de operaciones culturales de los intelectuales que apuntaron a definir un tipo de identidad nacional, un tipo de pasado nacional, un tipo de tradición nacional. Parte de su eficacia consiste en que consiguen naturalizarse. O sea, uno asume esa identidad y ese pasado en la medida en que no lo ve como construido, sino como dado, como "natural". Pero lo cierto es que es evidente que hay una intervención y que el lugar de lo hispánico se redefine, como el lugar donde se pone a Rosas, y que los movimientos entre Belgrano y San Martín narrativamente se ajustan. En realidad, se ven todo el tiempo operaciones, ajustes, construcciones.
· Pero todos coinciden en reivindicar a San Martín.—San Martín es un punto intocable. Se puede ir, incluso, a versiones más radicalizadas, a las perspectivas de izquierda, que trazan genealogías diferentes: donde una arma San Martín-Belgrano-Sarmiento, la otra dice San Martín-Rosas, y la tercera liga a San Martín y al Che Guevara. San Martín es una especie de foco de irradiación que prácticamente nadie toca. Sólo una puesta en cuestión del paradigma de argentinidad ya establecido puede llevar a cuestionar a San Martín. San Martín y la argentinidad se han hecho el uno al otro, en gran medida. Por lo tanto, es muy difícil ratificar un paradigma de argentinidad y desalojar a San Martín. Sólo si se revisa qué idea tenemos de lo que es ser argentino, y cómo se hizo, y se somete a discusión, se puede realmente revisar a San Martín.
· ¿Por qué prevalece la línea San Martín-Belgrano-Sarmiento y no la que lleva a Rosas, o al Che Guevara?—¿Por qué la tradición liberal es la hegemónica en la Argentina, dice usted? Es la eficacia de una operación cultural: funcionaron esas narraciones en su capacidad de fundar creencias y adhesiones. Pero luego también hay una instrumentación política, que es que esas narraciones funcionan también porque hay una política estatal, donde esta versión se instrumenta, se enseña, se convierte en manual escolar, y se traduce a prácticas, ritos, efemérides. Y eso ya es una política de Estado.
Señas particulares
Argentino, 38 años.
· Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia.
· Publicó dos ensayos: "Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política" (1998, en colaboración) y "Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin" (2004).
· Escribió dos libros de cuentos y cinco novelas. En agosto publicará el ensayo "Narrar a San Martín" (Adriana Hidalgo).
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Página12 – Edición del Sábado 21/03/2009
Sección EL PAÍS
AMENAZAS, XENOFOBIA Y RACISMO EN LA BANQUINA
La balada de De Angeli y sus amigos
… Una particularidad del discurso del dirigente rural más mediático es que, al igual que el año pasado, señaló varias veces que el corte de ruta no era algo que le gustara hacer y que si se llegaba a tal situación era por las provocaciones de los otros, es decir el Gobierno. El ruralista se desprendió de las consecuencias de los cortes de ruta. Quizá por eso apenas terminó la asamblea de ayer a la noche, cuando hubo algunos forcejeos entre productores y camioneros, De Angeli ya no estaba en el lugar.
“No sé qué le van a coparticipar a los municipios si estamos entrando en el círculo más grande de pobreza de la historia argentina. Si ustedes quieren hacer de la Argentina una Cuba o Venezuela, se equivocó”, vociferó el productor arrendatario.
–Qué bien que estuvo Alfredo, sobre todo con lo de Cuba y Venezuela. ¿Quién quiere ser como esos negros de mierda? –murmuró Abelardo Spector Fraga, delegado de la Sociedad Rural de Gualeguaychú, a un colega suyo. El chacarero antivenezolano y cubano esbozó una explicación de sus dichos a Página/12: “Los argentinos somos inmigrantes europeos, que queremos el progreso y el bienestar. A mí me gusta el capitalismo, pero más humano, donde no haya pobreza como la hay en Latinoamérica”, aclaró Spector Fraga. Quien dice que en el conflicto agropecuario no hay diferentes modelos políticos e ideológicos en pugna se equivoca.
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Martes, 18 de mayo de 2010
Entre los balances del Bicentenario > reflexiones en el marco de las celebraciones por el aniversario nacional
El Estado como comunidad imaginada
Por Norma Giarracca
Un antropólogo europeo preocupado por el nacionalismo, Benedict Anderson, definió la nación como una comunidad política imaginada, inherentemente limitada y soberana. ¿Por qué imaginada? Los miembros de la nación no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán hablar de ellos. En segundo lugar, se imagina limitada porque tiene fronteras finitas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones. Por último, se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que prevalece en cada caso, la nación se concibe siempre como fraternal, y ese imaginario es el que permite que tantos millones de personas maten y se dejen matar por imaginaciones tan limitadas. Estas ideas fueron muy discutidas en Europa y nuestros territorios latinoamericanos, sobre todo por los intelectuales que encuentran en el concepto de Estado-nación europeo (una creación reciente en la historia de la humanidad) la solución a todos los problemas y males.
En estos tiempos de efemérides que interpelan los orígenes de nuestra comunidad política, sólo el gobierno nacional (y los provinciales) alude a esta unidad imaginada, la da por sentado y no podría ser de otra forma. Pero junto con estos festejos oficiales se han impulsado muchos otros “bicentenarios” que dan cuenta de la precariedad de la imaginada “unidad” y la ineludible necesidad de revisar estos artefactos culturales (“nación”, “Estado”, “gobierno”). Aunque siempre se activa un “olvido” de los hitos históricos que contextualizaron esas construcciones para remarcar el logro buscado, el trauma, el “pachakuti”, insisten en hacerse presentes.
Por eso, uno de los primeros manifiestos que circularon en estas otras celebraciones se titula “Caminemos por la verdad hacia un Estado Plurinacional”, firmado por un número importante de comunidades originarias que fue comentado en un artículo de Página/12 (12-5-2010). Sólo recordemos que 1810 no significó lo mismo para los pueblos originarios que para los criollos y españoles que decidieron hacerse cargo del gobierno ya sin la tutela de España. El Bicentenario debe ser la oportunidad histórica para generar el acto de reivindicación que las naciones originarias esperan en el silencio de sus montes, cordilleras, estepas, valles y montañas, sostiene el documento. “Un silencio que ha sido interrumpido por el tronar de motosierras que todo desmonta, el rugido de topadoras y explosivos de las mineras que todo lo vuelan, el ingreso de petroleras que todo lo envenenan, la penetración de iglesias y sectas que todo lo convierten, partidos políticos y ofertas electorales que quiebran toda la unidad comunitaria.” La propuesta es un Estado plurinacional que supondría una gran constituyente social donde todo se revea y cuestione; donde debatamos y creemos nuevos y creativos consensos.
Muchas otras organizaciones están preparando sus propios bicentenarios, muchas parcialidades que nos advierten de las dificultades para sostener la imaginada comunidad nacional. En las redes de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) circula una propuesta que firman varias organizaciones y aun utilizando el ya generalizado “otro”, lo subtitulan “el bicentenario de los pueblos”.
Hace mucho veníamos trabajando en estas ideas de “muchos bicentenarios” que mostraran la necesidad de no pensar en “sociedades homogéneas”, sino en parcialidades, que como nos recuerda Arturo Roig para América latina, no remiten necesariamente a una misma unidad. Tampoco el sujeto argentino –ese “nosotros los argentinos”– se ha identificado mediante una misma unidad referencial, lo que resulta en diversos y diferentes “horizontes de comprensión”. Nuestro “Otros bicentenarios” se realizó en La Rioja, el 7 y 8 de mayo, organizado por las Asambleas Ciudadanas Riojanas: se escucharon las cadencias de muchos pueblos cordilleranos, muchos acentos incluidos otros de América latina. Fueron voces asamblearias, de intelectuales, artistas y de un grupo de docentes luchando por preservar el maravilloso edificio histórico de su Escuela Normal Castro Barros.
Por todo esto es difícil pensar que el artefacto cultural “nación” que (imaginariamente) cumple 200 años funcione como unidad y hermandad en estas fechas; los horizontes de comprensión son diversos y muchas autoridades así como el poder económico se empeñan en la consonancia musical, en una única voz desvalorizando la estética de la disonancia. Más complicado aún, cuando esas voces anuncian despojos de nuestros recursos naturales y violencia en los territorios. No obstante, es una excelente oportunidad para pensar cómo volvemos a generar consensos para sentirnos “argentinos” sin perder la identidad mapuche, kolla, guaraní, wichí, criolla, de hijos de gringos o de las nuevas corrientes migratorias; sentirnos “argentinos” respetando identidades, historias (en plural); la necesidad de elegir autónoma y libremente un modo de reproducción material; la posibilidad de rechazar la que los gobernantes y las corporaciones nos imponen; debatir culturas y modos de situarnos en el mundo y en la vida. Después de esa necesaria reparación de nuestra historia reciente (que nos avergonzaba en nuestra identidad nacional), estaremos en mejores condiciones para caminar hacia un nuevo “constructo” que sea plurinacional, intercultural, que habilite la posibilidad de un amplio debate de quienes somos y deseamos ser “nosotros los argentinos”. Sería, por lo menos, el comienzo de un debate decolonial como los iniciados en otros países y lograríamos un Bicentenario que proponga construir colectivamente nuestras historias en un precario proyecto de comunidad política y social.
Socióloga, profesora e investigadora (Instituto Gino Germani-UBA).
Link a la nota:http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elpais/1-145844-2010-05-18.html
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